Abajito del Cerro del Salteador, hay una cueva, justo al lado del ojo de agua. Y ahí se aparece una señora lavando. Esa señora, según cuentan, era la esposa de uno de los guerrilleros, de los salteadores que robaban por ahí, porque por ahí pasaban diligencias. En esa cueva están enterrados todos los tesoros que fueron acumulando, desde antes de la Revolución.

 

Dicen que la señora era la esposa del jefe de la banda y que siempre la tenían ahí cuidando y que, al final, cuando ellos se iban a ir a otros rumbos para seguir su trabajo, la ejecutaron, para que su espíritu siguiera vigilando la cueva. Y pues sí les funcionó, porque cada vez que alguien quiere entrar a la cueva, se aparece la señora, como si estuviera lavando y dice: “Pásele, amigo, pero saca todo o nada”. Y entonces nadie entra.

También, cada jueves santo se ve a esa misma señora arriba del cerro: camina ella sola, muy despacito y como mirando a todos lados. Y mucha gente viene en ese día, nomás a verla. Pero quién sabe a qué sale.

En esta región potosina el término alude a un ave nocturna, de grandes ojos y cuerpo muy pequeño, similar al tecolote.

 

Leyendas de la tradición oral del noreste de México